Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

jueves, 12 de octubre de 2017

HASTA LUEGO, MAESTRO

Para los aficionados al periodismo -y para los profesionales de ley, los pocos que van quedando-, con decir el maestro, basta para que todos sepamos que se trata de Rafael García Serrano.  Hablo, naturalmente, de los españoles que lo somos y ejercemos; los demás, con sus envidias y anteojeras de antipatía tienen bastante.
Siempre, -mejor dicho: desde que un camarada me mostró la luminosa senda del Diccionario para un macuto- tuve la ilusión de lo que ya no será posible: conocer al maestro Rafael. No le conocí -personalmente, quiero decir- aunque tuve dos ocasiones estupendas para ello. La primera, en el cineclub de la  asociación de amigos de El Alcázar, una mañana de domingo que revivió en la pantalla la gesta de la fortaleza toledana. Él estaba allí, en el vestíbulo, y mi invencible timidez me impidió acercarme aunque se hallaba -no puedo asegurarlo, pero así lo veo en el recuerdo, nebuloso de tantos años transcurridos- con Joaquín Aguirre Bellver, a quien si tengo la fortuna de conocer, aunque probablemente él no me recordará. 
La segunda ocasión hubiera sido la boda de su hija Fernanda con mi amigo, camarada y jefe -que para algo es el Secretario General de  Juntas Españolas- Jorge Cutillas. Jorge -no sé por qué- siempre ha tenido una gran fe y confianza en mis dotes políticas, periodísticas y de organización; y la verdad es que se lo agradezco mucho, aunque me conozco lo suficiente para no compartirla, ni aun comprenderla. El caso es que Jorge también quiso que estuviera en su boda; pero me cogió de vacaciones y se frustró la segunda y mejor ocasión de haber conocido en persona al maestro Rafael.
Le conocí, en cambio, como manda el Evangelio: por sus obras. Le he conocido en el Eugenio, y he llegado a comprender que, si bien la muerte de voluntad es un acto heroico cuando la vida sonríe, también puede ser una magnífica solución que evite quemar la existencia inútilmente. Le he conocido en Los ojos perdidos; aquél alférez Luis Valle que tenía los ojos tristes, los ojos predestinados de los elegidos para morir jóvenes, pero que en la sonrisa de Margarita llevaba un seguro de vida eterna. Y también le conocí en esa paz que duraba quince días, y en aquella ventana que daba al río, monumental corte de mangas a la democrática y civilizada Europa que se asomaba desde las ventanas francesas a la Guerra de España.
Vi con él la furiosa, patética y grandiosa carga de los Toros de Iberia  contra el invasor cartaginés. Y me paseé a su lado por Méjico, con la fabulosa tropa del bachiller por Salamanca, Hernando Cortés, prodigio de equilibrio entre la espada, el derecho y la Cruz aunque otra cosa cuenten los anglosajones, que bien que hablan porque no han dejado un  sioux  que los pueda desmentir.
También asistí -de su mano- a la increíble reconquista de las tierras de nuestra estirpe que hizo la Sección Femenina de la Falange, aquella aventura netamente espiritual en un mundo que doblaba por la cintura al siglo XX con un sonido de caja registradora. Y se me alegraron las pajarillas al comprobar qué magnífico programa de actuación nos propone su V Centenario, que es un libro que debiéramos sabernos de memoria todos los españoles que queremos seguir siéndolo.
Le he reconocido -y me he reconocido- en el alférez Ramón de La Fiel Infantería, arquetípico y exacto retrato de una generación que, harta de ir muriendo poco a poco, quiso jugarse la vida a cara o cruz. Me he dado cuenta -como nunca- de la tristeza de un retorno sin que nadie se alegre con tu vuelta... cediéndote el milagro de sus ojos rientes... leyendo en la Canción del soldado que no tenía novia el destino que aguarda a todos los que no hemos tenido la suerte -o el coraje- de  Eugenio, y estamos condenados a la derrota por no haber sido capaces de crear la ocasión de la muerte de voluntad. Y he conocido, paseando con él por la Plaza del Castillo, aquella mítica Pamplona de Julio del 36, cuando Navarra fue corazón de España.
En fin, discúlpenme ustedes esta estadística lírica de urgencia. De sobra sé que no necesitan este estadillo apresurado de la obra del maestro Rafael, pero no he podido resistirme al comentario, tan fácil, por otra parte.
Rafael García Serrano escribió una vez -creo que fue en Bailando hasta la Cruz del Sur, el portentoso relato de los viajes de la Sección Femenina por América; pero no estoy seguro, y prefiero el calor de la duda a la frialdad del dato comprobado- que, en el fondo, uno escribe para su director, tres o cuatro amigos, y una chica. Como en todo, llevaba razón. Lo que pasa es que yo soy mi propio director, y eso le quita mucha emoción a la cosa, porque ya sé que nunca voy a estar conforme con lo que hago. Además, conozco de sobra la generosidad de juicio con que me tratan los tres o cuatro amigos -camaradas, que es lo mismo, pero más- cuya opinión, por sincera, podría resultarme de interés. Porque ya sé que los lectores de este libro no lo van a medir por los méritos de los que en él participamos -indudables en muchos casos; mas que dudosos en otros, como el presente- sino por la figura a quien lo dedicamos.
Total, que hay ocasiones en que la tarea de escribir se me hace muy cuesta arriba, y así sucede con estos folios; aunque no porque no me ilusione contribuir con mi modesta aportación al merecido homenaje que Juntas Españolas quiere rendir al maestro Rafael, cuyo origen y proceso contaré mas adelante. Se me hace cuesta arriba porque -en primer lugar- no me veo con sitio entre las ilustres firmas que aquí se reúnen, y me asalta el temor de si no pensará alguien que aprovecho mi situación para hacerme un hueco en un lugar donde -de ser otra la circunstancia- jamás lo tendría. Y en segundo término, porque -objetivamente considerado- no soy quien para rendir a Rafael García Serrano otro homenaje que el de comprar sus libros.  Lo que ocurre es que -en ocasiones- la modestia puede rozar la cobardía; y, por otro lado, a mí la objetividad, -como al maestro- me trae flojo el bolígrafo. La falta de calidad literaria la suplo con las ganas de decir lo que pienso, máxime cuando tantos que deberían estarle eternamente agradecidos no tienen la hombría de bien de recordarlo. La envidia es libre, y el complejo de inferioridad los hace mudos, pobrecitos.
En cambio, servidor confiesa su envidia. Daría lo que me reste de vida por ser capaz de escribir una novela que se pareciera -de lejos, claro; no podría ser de otra forma- a cualquiera de las suyas. Pero lo confieso, al igual que reconozco que trato de imitarle, y si no llego al plagio en el estilo no es porque me falten ganas, sino capacidad.  Aún así, y al contrario que tantos que por esos pastos editoriales rumian su esterilidad, me siento enormemente satisfecho de tener -al menos- el excelente gusto literario que me lleva a  ser un incondicional de Rafael García Serrano.
Hablo en presente, y digo bien. El ser humano -caduco por naturaleza- no tiene a su alcance mas forma de sobrevivir en este mundo que la de prolongarse en sus hijos y en sus obras. Rafael García Serrano reunió los méritos suficientes para que Dios le concediera el privilegio de constituir una familia como la que todas las personas de bien deseamos, y tuvo la bendición de una esposa -compañera para toda la vida, hasta que la muerte viene a abrir un paréntesis que se cierra con el reencuentro para toda la Eternidad- unos hijos y unos nietos. Esa es la única disculpa al pecado de no morir joven.
Rafael vive, pues, en ellos. Y en todos nosotros, a través de sus obras; porque mientras haya una sola persona que se emocione al leer sus páginas y aprenda en ellas; mientras un sólo español atesore los mismos ideales que él defendió, Rafael García Serrano seguirá viviendo entre nosotros.
Yo he dicho de Rafael García Serrano -ante los tres contertulios de guardia que tienen la paciencia de soportarme- que era el mejor escritor en lengua española de todos los tiempos. Puede que lo dijera en un momento de exaltación; pero el caso es que ahora, y con toda la reflexión necesaria para dar unas palabras a la consideración pública, no retiro lo dicho, sino que lo reafirmo. Ustedes ya sabrán que hay dos tipos de escritor: el que tiene mucho que comunicar, pero no acierta con la forma adecuada, y el que no tiene nada que decir pero -eso si- lo dice muy bien. Rafael García Serrano constituye una rara conjunción de ambos, porque nunca acaba uno de sorprenderse de las cosas tan enormemente importantes que dice, y de lo maravillosamente bien que las cuenta.
Rafael García Serrano es un escritor sencillísimo, al alcance de cualquier inteligencia, porque hasta los más tontos -salvo que pertenezcan a la fauna política o politizada, que es peor- lo pueden entender a las mil maravillas. Y, a la vez, un escritor complejísimo, difícil como pocos, cuyas obras sólo nos dan su auténtica dimensión en la tercera y cuarta lectura. Pero como quien lo lee una vez, irremediablemente repite, acaba por descubrir la increíble belleza de sus páginas.
Mi primer contacto con la obra del maestro Rafael fue a través de La Fiel. Había comprado, de una tacada, esta novela y el Diccionario para un  macuto, en un alarde económico que aún me asombra, porque mi bolsillo    -primer o segundo año en la Universidad, y sin trabajar- no estaba para muchas alegrías entonces. Ni ahora, para qué nos vamos a engañar, con un Gobierno que considera los libros como artículos de lujo, y en ello se nota lo poco que los usan para lo propio de un libro, que es leerlo, y no la decoración de estanterías.
El caso es que empecé por La Fiel Infantería porque tenía prisa por comprobar si era cierto todo lo bueno que me habían dicho del -por aquél tiempo, verano del 79, aprendí a llamarle así- maestro. Y no me gustó, lo que son las cosas. Pero pasado algún tiempo, y tras embucharme el Diccionario, volví a ella; y descubrí el sentido de algunos matices, de algunas frases que había pasado por alto en la primera lectura. Me gustó mas, pero sin llegar a entusiasmarme. Fue necesario el tercer repaso para que empezara a captar la inmensa belleza literaria que contiene, y para que me diera cuenta de que La Fiel Infantería es la mejor síntesis jamás escrita del ideario Nacionalsindicalista; el mas completo retrato de un estilo y de una forma de ser que mi edad no me ha permitido conocer directamente, y bien que lo siento.
Después, poquito a poco -según las empresas editoriales tenían a bien satisfacer las demandas del público- fueron llegando a mi particular biblioteca todas las obras de Rafael García Serrano que han sido reeditadas, y las de nueva creación:  La Paz ha terminado, acertadísimo título de una recopilación de Dietarios, a caballo entre 1974 y 1975; La Gran Esperanza, que obtuvo el Premio Espejo de España en el 83 (por cierto, con el único voto en contra de D. Manuel Fraga, gracias sean dadas a Dios), y V Centenario, obra tan extraordinaria en lo literario como en lo político; tan excepcional, que aún no hemos sido capaces de digerir sus enseñanzas y seguir el camino que nos indica.
Pero no es esto lo que yo quería contar, porque no creo que a nadie le interese saber de qué forma me las he ido arreglando para adquirir todas las obras de Rafael García Serrano de las que he tenido noticia. Lo que yo quería decir es que el maestro Rafael es asequible a todo el mundo, porque cualquiera de sus frases puede hacer que se desternille de risa el menos avisado, y a cualquiera que tenga el corazón en su sitio puede hacerle un nudo en la garganta; y todas sus obras son una fuente inagotable de distracción y auténtico gozo estético para un amante de la belleza literaria. Quedan -eso si- frases, alusiones, referencias, que no están al alcance de todo el mundo. Para entenderlas, es necesario pertenecer al círculo mágico de los iniciados; de los que en una palabra pueden -podemos, disculpen la inmodestia- hallar un significado ideológico, un especial sentido; ese algo que hace de las obras de Rafael García Serrano un perfecto resumen y compendio del ideario Nacionalsindicalista.
Algo de esto escribí en la primera hoja de un ejemplar de La Fiel, que regalé a un amigo por su cumpleaños, porque uno aprovecha cualquier ocasión de promocionar a sus camaradas. Soy una especie de misionero de la obra de Rafael García Serrano, y estoy de ello bien orgulloso. Incluso necesito de la misma dosis de paciencia y tesón que el mas santo padre misionero -de los de antes, que los de ahora usan metralleta- para recuperar alguno de los libros que presto, como me ocurrió no ha mucho con un compañero de trabajo a quien cedí Plaza del Castillo, obra especialmente significativa para mí por razones puramente emocionales y personales, que les haré la merced de omitir. Por esos mismos motivos que nada tienen que ver con lo ideológico o literario- le guardo un especial cariño a Bailando hasta la Cruz del Sur. Y ya está bien de misterios, porque a ustedes no les interesarán lo mas mínimo mis motivaciones particulares, sino lo que les pueda decir sobre el maestro Rafael, si es que su generosidad hacia mí llega a tanto.
Rafael García Serrano recibió el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, en 1943, por  La Fiel Infantería;  premio que no impidió que la novela fuera secuestrada por la pasión clerical de Gabriel Arias Salgado -el padre de los actuales- a indicaciones del arzobispo primado de Toledo. Como siempre -antes y después- el Régimen puso la cara y otros tiraron las piedras a su confortable sombra, que sólo abandonarían cuando fue mas confortable estar en contra. Aunque, por si acaso, sin retirar la mano.
Y, como queda reseñado, el Espejo de España del año 1983, en cuyo jurado tomó parte D. Manuel Fraga, que fue el único que votó en contra de su concesión a Rafael García Serrano.
Supongo que al maestro, con su amplia experiencia en persecuciones, denuestos y ataques ­¡tantos chaqueteros que nunca le perdonaron que fuera fiel!- le haría mas gracia que otra cosa. Ni siquiera creo que le diera pena, porque él se conocía bien el paño, y no le podían coger por sorpresa los pequeños rencores y fobias de la derecha reaccionaria de siempre. Para reconocer y valorar la honradez, la inteligencia y la fidelidad, hay que ser honrado, inteligente -que no es lo mismo que memorión- y fiel; y eso no está al alcance de cualquiera, aunque se tengan millones para alquilar agencias de publicidad que intenten dar buena imagen al percebe de turno.
Además del voto en contra del señor Fraga, Rafael García Serrano nunca obtuvo el Premio Nobel; ni estuvo -que yo sepa-, nominado para él. Lo cual me hace muy feliz, porque de habérselo dado al maestro, hubiera tenido que cambiar mi opinión sobre el mencionado premio. El Premio Nobel, como ustedes saben, es -particularmente el de Literatura- una palmadita en la espalda de aquellos que se han portado bien; de los que han sido buenos chicos y se han aprendido la lección: democracia liberal-capitalista a gogó; libertad a tutiplén y derechos humanos todos, en tanto que deberes personales, ninguno. Y unas gotitas de pornografía socializante, en función del tradicional progresismo escandinavo, porque allí -como aquí- y como ya dejara definido el propio Rafael en mas de una ocasión, para los progres, la libertad siempre acaba en el culo.
Rafael García Serrano, -de justicia es reconocerlo- nunca reunió esas condiciones, imprescindibles para recibir el Nobel. Nunca se sometió a los dictados de la inteleztualidad, que siempre es de izquierdas, claro. Nunca se plegó a la moda, y por eso resulta tan universal, dicho sea en el buen sentido, que no en el de ciudadano del mundo, esa cursilada que se inventaron los que no son capaces de comprender lo que es la Patria. Y nunca escribió para memos aborregados, que es la razón de que los críticos y criticones nunca le hayan jaleado, como acostumbran a hacer con los papanatas que pululan por los suplementos literarios de los periódicos.
Tampoco fue elegido académico de la Lengua, con lo cual eso se perdieron la Academia y la Lengua española, y eso ganó Rafael, que se ahorró la asistencia al mortalmente aburrido conciliábulo. Y eso ganamos los lectores, porque el maestro -con la responsabilidad que le caracterizó siempre- hubiera entregado a la entidad del limpia, fija y da esplendor, un tiempo que habría hurtado a su creación literaria. Y esa sí que dio esplendor al idioma, y lo limpió de las telarañas de lo soez, zafio y grosero que tantos ilustres señores académicos le han puesto.
En buena lógica, Rafael no podía estar en la Academia. Estaba -está su obra- muy por encima de ella.  La frescura, la ligereza, la vitalidad y vivacidad de su prosa y de su genio, nunca habría podido admitir las reglas encorsetadas de los embalsamadores del idioma.
Otra faceta de Rafael García Serrano -y bastante olvidada, por cierto-, es la de guionista cinematográfico. Me perdí en los cines La Fiel Infantería -la película, digo- porque fue rodada en la época en que acababa de llegar a este mundo o puede que antes. Y luego, con la tecnocracia dominando en la vida nacional y proyectando su triste sombra gris sobre cualquier ilusión, no la han repuesto; al menos, no a mi alcance. El mismo Rafael nos contó en sus Dietarios que la película se había perdido en el viaje a unos estudios yanquis.
No obstante, y tiempo después de haber comenzado a escribir estas líneas, conseguí no sólo ver la película sino obtener una copia en vídeo. Todo empezó cuando un compañero de trabajo me dejó una revista donde se comentaba la edición de La Fiel Infantería en vídeo. La busqué por todos los locales de alquiler de películas y no la hallé, de forma que recurrí a insertar un anuncio en EJE, con tan buena fortuna que un suscriptor me dio noticia de dónde la podía adquirir. Intento vano, porque estaba agotada.  Y -dicho sea entre paréntesis- ustedes me dirán si no es sintomático el hecho de que al poco de ponerse a la venta, estuviera agotada la edición.
Venciendo mi timidez, le escribí al citado suscriptor de EJE rogándole que me la prestara para verla o -si le era posible-  me hiciera una copia. Y a los pocos días, el caballero en cuestión -cuyo nombre omito para no crearle multitud de compromisos semejantes- tuvo la gentileza de regalármela.
Indescriptible, por supuesto, la emoción con que la vi. No obstante, me defraudó. Y no por la película en si, que está bien, sino porque no se parece en nada a la novela.
La Fiel  -película- tiene el argumento de La Paz dura quince días; otra magistral obra de Rafael García Serrano sobre la epopeya del 36, pero que no es La Fiel, ni tiene su profundidad ideológica, ni su extraordinario estudio psicológico de aquella generación que decidió matarse porque quería vivir en paz de una vez.
Está bien narrada la historia, sí; pero yo no esperaba aquello, sino el relato de los días primeros en Somosierra, con el alumbrado arrepentimiento de la convicción reciente de Mario, que poco antes nunca creyó que los españoles fueran a llegar a las manos. Con las horas perdidas de la parada del Norte, cuando el General Invierno daba tiempo a pasarse a Francia para mirar de lejos las luces y -realidad y símbolo unidos-, abonar de la más elemental forma la tierra de la nación que alquilaba balcones con vistas a la Guerra de España. Esperaba el relato de la Academia de Provisionales de Avila -carreramar  y  cientocatorce, orden abierto y problema de tiro en el cajón de arena- con la proclama gibelina del todavía cadete Ramón en una tarde de ventisca. Y el diagnóstico certero y asombroso -estás loco de abril, Miguél- al camarada que mira por la abierta ventana los fríos luceros de una noche invernal: Vienes de sus labios y hoy podría ser un veintiuno coronado por buenas estrellas de marzo. A veces, también yo he vuelto de unos labios sin saber si me había quedado allí.

* * *

Se hace necesario -acaso- aclarar el párrafo que antecede. Para mí, que tengo La Fiel Infantería y el Diccionario para un Macuto como libros de cabecera cuando puedo permitirme el lujo de leer, y para los conocedores de la obra de Rafael García Serrano, es inútil explicarlo; pero puede haber quien aún no haya tenido la ocasión de familiarizarse con la prosa del maestro Rafael, ni -a través suyo, si la edad no le dio para conocerlo directamente- con aquél tiempo.
Lo de  carreramar,  es la voz de mando que se empleaba en las Academias de Provisionales para -como la propia expresión indica, una vez conocida la explicación- poner a la carrera una formación. Viene de las  Directivas Circunstanciales de Orden Táctico y de Tiro,  que definían: "Para reunir la escuadra se mandará: A reunirse. Mar. Carrera.  Mar.). Los hombres se dirigen al lugar donde se halla el cabo, y forman en hilera."  De ahí, la guasa de los Provisionales (y de los Instructores, todo sea dicho) derivó el vocablo tal como se escribe anteriormente, todo junto, acaso como disciplinada rebelión ante la frecuencia con que la más leve imperfección era castigada con carreras de padre y muy señor mio. O quizá con el asombro de comprobar cómo la carrera batía marcas de perfección, -a primera vista insuperables- en la ejecución de la maniobra.
El  cientocatorce  -así, todo junto también- no es un número cabalístico, sino la cantidad de pasos por minuto para el desfile en formación. Un buen paso, superior al que actualmente se utiliza aunque sin llegar a los ciento veinte por minuto con que los desfiles Legionarios avasallan a cualquier otra formación que les preceda.
El  orden abierto  -esto si que para ningún hombre requiere explicación, al menos después de la mili- es el adiestramiento en el combate, y se denomina así por contraposición al orden cerrado, que es el referente a maniobras en formación, desfiles, etc.
Lo del  problema de tiro en el cajón de arena  hace referencia a las pruebas que sufrían los aspirantes a Alféreces Provisionales en la  Academia, donde -sobre un relieve reproducido con arena y piedras, de ahí el nombre- los cadetes tenían que demostrar sus conocimientos y habilidades en la maniobra y en el emplazamiento de las máquinas. (Las máquinas  -aclaro, para que no digan-, son, por antonomasia, las ametralladoras; aunque también se extendía a los morteros que a veces llevaban las Secciones de Infantería). Basta, por otra parte, recordar cualquier película de tema bélico para comprender la alusión sin mas problemas.

* * *

La Jura de Bandera y -último acto colectivo de la Academia- el Himno de la Infantería naciendo espontáneo de un tren atestado que se abre paso en la noche. Y luego el frente: las marchas nocturnas; las charlas en la chabola donde el alférez Ramón, misionero, define y explica -una buena liebre sobre la que tirar todos- la paz que llegará.
Y el tren del hospital, con el sublime delirio del soldado enfermo que teme ser expulsado del cielo de los limpiamente agujereados, que ni siquiera reparan en él porque se ocupan en desgranar la letanía del combatiente. Y el patético Bienaventurados los que mueren con las botas puestas del que creía haber ganado el derecho a la muerte sobre el campo, y se enfrenta a la lenta agonía del hospital -sábanas limpias y aliento apestado, con la muerte trabajando como un buen funcionario que despacha su cotidiana tarea en el moridero- sin cruces, que no sin cruz; sin honores, que no sin honor. Sin una mano amiga que enjugue el sudor; sin una novia que con sus visitas llegue la primavera a una sangre que se hace otoño aunque presiente el día en que se hará rosal para otras manos de soldado; para otros ojos que verán la vida reflejada en los de una mujer.
Comprendo que traducir en imágenes la soberbia prosa de Rafael García Serrano es imposible; y con La Fiel Infantería  si que se hace añicos el aserto de que más vale una imagen que mil palabras, porque ni un millón de imágenes puede suplir el retrato del alférez Ramón; el autorretrato del Alférez Provisional de Infantería Rafael García Serrano.
Y no es -repito- que la película esté mal; pero es otra cosa, y me quedé como un niño al que le enseñaran un caramelo y no se lo dieran; como el joven que espera salir con una chica -por vez primera los dos solos- y ella aparece con dos hermanas pequeñas. Y repipis, como inevitablemente resultan todas las hermanas pequeñas en una situación así.
Tiene, no obstante, un par de escenas de esas que dejan la boca seca y los ojos húmedos; que marcan el contrapunto a una película de historia amable: el comienzo, cuando la guerrilla asalta un corral entre las precauciones normales frente al enemigo, para terminar cobrándose un espléndido botín de gallinas -la otra novia del soldado-... antes de que el mortero empiece a cantar. Y  el escalofrío de ver cómo esa escena amable, divertida, casi cómica, se transforma -trágica pirueta-, en una victoria de la parca.
Otra escena -allá por el minuto cien- es el acercamiento al frente, después del permiso. Marchan los soldados aún con el espíritu anclado a la acogedora ciudad que les ha dado cobijo durante unos días, y la guerra les presenta su tarjeta de visita: en sentido contrario, hacia la retaguardia, marcha una columna de mulos con la preciosa carga de los caídos en combate. Eso es algo –a ver quien puede negarlo- que acongoja al más pintado, así es que el capitán lo soluciona a la española: mandándole a su asistente que empiece a cantar. No el Himno de Infantería, no el Cara al Sol. Eso está bien en los desfiles, en las despedidas, o en los momentos en que hay que jugársela a cara o cruz. Lo que cantan los soldados que marchan en columna de barullo entre los camaradas muertos, es la tonadilla picaresca y jactanciosa: los de Barletta somos la monda, viva la madre que nos parió...
Barletta, el trasunto literario y cinematográfico del Regimiento de Ceriñola, donde Rafael García Serrano combatió como Alférez Provisional y al que siempre guardó cariño y fidelidad, de la misma forma que Gambo es la representación de la Pamplona guerrera.
Tampoco vi -sigamos el recuento-  Los ojos perdidos;  y si no hubiera sido por los comentarios del maestro en sus Dietarios, quizá ni me hubiese enterado de su existencia.
Si tuve ocasión, en cambio, de ver Ronda Española. Y la aproveché, faltaría más. Fue en el cineclub de El Alcázar, donde también asistí a la proyección de Novios de la muerte, película -lo dice claramente el título- de tema legionario, que ya había disfrutado a poco de su estreno, algunos años antes. Lo que pasa es que en aquél tiempo -1974 ó 1975- yo no había oído hablar nunca de Rafael García Serrano ni -por supuesto- lo había leído. Y no por mi culpa, sino por obra de los ilustres autores de los libros de texto que estudié en el bachillerato. Para finales de 1982 o principios del 83 si que había oído hablar y -sobre todo- había leído a Rafael García Serrano. Por eso, cuando me enteré de que la pantalla del cineclub de El Alcázar reviviría la aventura de la Sección Femenina, nada me hubiera hecho perdérmela. Y eso que aún no había entablado relación con el libro, que estaba agotado y no vería otra edición hasta unos años después.
Queda aún otra película con guión de Rafael García Serrano en mi cuenta personal:  A La Legión le gustan las mujeres, de la que no tuve noticia hasta que un buen día la alquilé en un video club por simple curiosidad          -aunque sin mucha ilusión- y me encontré la sorpresa de ver el nombre del maestro entre los guionistas. Aún me esperaba otra sorpresa mayor, y fue la de encontrar al propio Rafael García Serrano como actor, si bien en una aparición pequeñísima que hube de ver varias veces hasta cerciorarme de que efectivamente se trataba de él.
Muchos años después, y también por mera casualidad, llegó a mis manos otra película cuyo guión firmaba el maestro Rafael. Se trata de La Patrulla, una loa a la camaradería en la que también se puede ver algún ligero retrato autobiográfico del propio Rafael, en ese corresponsal español destinado en la Roma sojuzgada por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
En todas estas películas de Rafael García Serrano -en las últimas mas, porque ya estaba el enemigo en puertas, o dentro- se observa inmediatamente la carga ideológica y, sobre todo, ese estilo -forma de ser y de pensar- que marcó una época. Y uno de mis sueños preferidos -especialmente cuando sufro la bazofia anglosajona con que la televisión considera oportuno castigarnos- es la de llevar al celuloide -o a lo que actualmente se use- todas y cada una de las obras de Rafael García Serrano; hacer de cada novela una larga serie, para que no se pierda una sola frase, una sola palabra, un solo giro gramatical. Y prometo incluirlo en mi programa electoral, para que se enteren los analfabetos de litrona y porro de cual sería una auténtica política de protección a la cinematografía.
Pero es en los escritos -novelas y artículos- donde se aprecia la enorme calidad literaria de Rafael García Serrano. Parecen escritas para él las palabras de Eugenio D'Ors a propósito de Quevedo:
Para mi gusto, Quevedo es el primer escritor castellano. He dicho escritor. Hay clásicos y clásicos. Quevedo, como Fernando de Rojas, como Santa Teresa, como Góngora, dan la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresan. Los dos Fray Luis, por el contrario, parece que lo hayan recibido ya hecho y que lo soporten. Cervantes ocupa un lugar intermedio...
 ...¡Qué vocablos nerviosos y linajudos, como potros finos, los de Quevedo! ¡Qué rápidas y perfectas cópulas de sustantivos y adjetivos! ¡Qué salto de elipsis, qué trágica bacanal en el hipérbaton!... ¡Y aquél impulso frenético que fuerza las nociones vestales y es causa de que los mismos verbos intransitivos se vuelvan violentamente, prolíficamente transitivos!...
En medio de esta orgía de fuerza brilla de pronto la inteligencia hecha malicia, con el frío resplandor de una navaja española en la revuelta confusión de un fandango popular.

Pues pongan ustedes Rafael García Serrano donde dice Quevedo, y tengan por seguro que el mismo Eugenio D'Ors no tendría el menor inconveniente en firmar el cambio. Al menos, no creo que le importara la utilización que a sus frases doy para expresar lo que opino del maestro Rafael. Y mucho más que me gustaría decir, si fuera capaz de hacerlo. Lo que pasa es que no logro traducir en palabras todo lo que me hierve por dentro, y si fuera a repetir cada frase a la que encuentro un significado especial, esto se convertiría en una colección de citas de Rafael García Serrano.  Con lo cual ustedes -sobre todo si hay alguien que no sea lector incondicional suyo- saldrían indudablemente ganando, pero me podrían echar en cara que me voy por la tangente de la forma más fácil y menos comprometida.
No es que sea comprometido, pero siempre es desagradable contar las propias frustraciones. Ya les he dado cuenta de una de ellas, que es la de no haber conocido personalmente a Rafael García Serrano. Ahora me van a permitir ustedes -a ver qué remedio les queda, como no sea el de pasar dos o tres páginas- que les hable de otra. En cierta manera, utilizo este libro a modo de psicoanalista: eso que ahora hace tanta gente para -al hilo de la moda impuesta por las películas yanquis- darse una importancia de la que carecen o -lo que es mas triste- de la que creen carecer. Van al psicólogo en un intento   -lógica e inevitablemente vano- de que los convenza de que no están vacíos. Lo que ocurre es que sí que lo están; bien por esterilidad emocional, bien por incapacidad de entender que  la vida no vale la pena de ser vivida si no es para quemarla al servicio de una empresa grande, por decirlo con palabras bien altas y nobles, pertenecientes a aquél joven universitario que fusiló la izquierda con las armas que había cargado la derecha, porque a ambas les molestaban sus verdades. Nunca se atreverán a entender que -dicho de otra manera- con un pico y una pala, o con un fusil, se curarían el noventa y nueve por ciento de las crisis espirituales, como afirmaba el alférez Ramón de La Fiel Infantería. Con cualquier cosa, en resumen, que dé sentido y plenitud a la vida.
Viene todo esto a cuento de que, durante varios años, logré dar un contenido a mi existencia a través de la militancia política, lo mismo que otros lo buscan en las botellas o las jeringuillas. No sé si me equivoqué, en vista de cómo van las cosas; pero teniendo en cuenta que, si fuera un alcohólico o un drogadicto y aún no hubiera conseguido morirme de sobredosis, a estas alturas no hubiera leído a Rafael García Serrano, creo que mereció la pena elegir este camino.
Eso fue mi pico y mi pala. Y luego, andando el tiempo, me hice con el fusil. Mi fusil fue una publicación que se llamó Cruz de los Caídos,  en honor al monumento que delimitaba la confluencia de los Distritos madrileños de Ciudad Lineal y San Blas. Eran los días del mayor auge de Fuerza Nueva, y los mencionados Distritos, -ejemplarmente mandados y organizados por Alfonso Navarro- eran los editores de la revista. Tiramos mucho y bien desde sus páginas, hasta que una cacicada obligó a su desaparición en el Número 12 -marzo de 1981- y culminó con la expulsión de Fuerza Nueva de varios camaradas. Pero aquello es agua que no va a mover molino, y el tiempo transcurrido me permite contarlo sin rencor, aunque no pueda evitar la decepción. Aquella publicación, y una posterior  -Así- editada por el Distrito de Ciudad Lineal de Falange Española de las JONS -de donde hubimos de marchar porque nuestra amplitud de miras nos llevaba a intentar unir en vez de separar, parcelar y empequeñecer- fue, en lo personal, la tabla de salvación -pico, pala y fusil- que me mantuvo a flote. Eran publicaciones modestas, puramente artesanales. En ellas, sin embargo, aprendí casi todo lo que sé al respecto; equivocándome, que es una escuela dura y eficaz, y que me hizo atreverme a aceptar el encargo de la dirección de EJE. Que -dicho sea al hilo- fue, no ya un fusil, sino una ametralladora -la  fusila loca de los africanos, que copiaron el modismo de los harkeños- en el momento en que más cerca he estado de tocar fondo en toda mi vida. Y en el que ya no me quedaba voluntad ni ganas para salir a flote.
De forma que creo que sí mereció la pena meterme en estos berenjenales de la militancia política y el periodismo aficionado, que en nada se parece al profesional, y más de un curtido lobo de redacción se ha dejado los dientes en una empresa como las citadas. Al menos, hice durante estos años algo mucho más útil y digno que lamentarme por las esquinas, y que -en línea de mínimo- sirvió de distracción a los demás.
Y esto a pesar de que -y aquí enlazo con el párrafo donde empecé a hablarles de mis frustraciones, perdonen la digresión- tampoco haya conseguido hacer realidad uno de mis sueños: ver, en una publicación dirigida por mí, un artículo del maestro. Hubiera preferido -ni que decir tiene- que él fuera el director que me publicara algo; pero siempre he sido consciente de mis limitaciones y he sabido que tal cosa nunca sería realidad.
Lo otro -que él escribiera para mi publicación empecé a creerlo posible cuando tuve constancia de la enorme generosidad de Rafael García Serrano para todos los que luchaban por lo mismo que él creía. Y cuando supe que había cedido algunos poemas suyos para que los publicara el grupo literario falangista Poesía que Promete, me convencí de que -en alguna ocasión, de alguna forma- podría lograr mis deseos y ver mi nombre impreso junto al suyo.
Aquél pequeño tomo de poemas -desangelados, los llamó Rafael García Serrano- fue una revelación para mí. No voy ahora a sentar plaza de pelota, porque quien me conoce sabe que no es ese mi estilo, y porque sé que al maestro no le gustaría. Es cierto que casi ninguno de los poemas es gran cosa -literariamente hablando- y lo digo desde el absoluto convencimiento y la fuerza moral de saber que la poesía es un campo vedado para mí. Al menos, si no quiero hacer el ridículo. Los de Rafael son poemas sin  ángel -él mismo lo advierte en el prólogo que escribió para presentarlos- pero con un vigor y una intensidad tan extraordinaria como sus mejores prosas. Y hay uno -la  Canción del soldado que no tenía novia, del que antes les hablé-, que vale por veinte libros de filosofía. Y que confieso que me sé de memoria, lo mismo que muchas frases de sus novelas y artículos -como eso de que del diálogo no brota la luz, sino el hematoma- lo cual me ha valido algún pequeño éxito en ocasiones, bien que siempre he citado la procedencia, porque uno es agradecido.
No quiso el destino que se hiciera realidad el deseo de publicar algo de Rafael García Serrano en una revista dirigida por mí por la sencilla razón de que, cuando dirigí modestas publicaciones de partido, no tenía a nadie que me pudiera acercar al maestro; y cuando esa aproximación hubiera sido posible, no tenía publicación que dirigir. Circunstancias, abandonos y deserciones que ustedes sin duda recuerdan, dejaron a muchos españoles -entre los cuales me encontraba- sin ninguna agrupación política donde prestar sus modestos servicios. Y para cuando Juntas Españolas decidió lanzar la publicación EJE, y Jorge Cutillas tuvo el valor de jugársela poniéndome al frente de ella, Rafael ya había muerto.
Fue el día del Pilar de 1988: un día desgraciado a partir de ese año, se lo mire como se lo mire. Al menos para mí, y por otras razones además del fallecimiento del maestro Rafael, ese será un día gafado mientras tenga memoria de él. Y no creo que lo olvide fácilmente, porque en torno a esa fecha convergen todas mis frustraciones y derrotas.
Dice la voz popular que, para que una vida sea plena, hay que hacer tres cosas en ella: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.
Pues bien: del árbol mejor que ni les hable. No tengo terreno donde plantarlo, y seguro que el arbolito prefiere permanecer desarraigado -o en la precaria infancia de un vivero- a sufrir un trasplante a mis manos, lo que probablemente supondría su sentencia de muerte.
Del hijo tampoco merece la pena hablar: me falta la condición indispensable; el requisito previo ineludible de estar casado. Y lo digo así de tranquilo, sabiendo que la fama de carca que esto me va a proporcionar es de las que no se borran ni al final de los siglos; máxime cuando lo que está de moda es lo contrario, y hacer una confesión como la antecedente puede darme mala fama incluso entre las mujeres más modosas. En fin: si el día del Juicio Final, a última hora de la tarde -y cuando ya el ángel de la trompeta esté morao de tanto soplar- se encuentran con un individuo que lleva colgado del cuello un cartel que diga ultra, sepan ustedes que seré yo. Y a mucha honra.
Del libro -de eso se trata, y lo digo por si mis digresiones les han despistado- si tengo algo que hablar. Este es mi libro.  Ya sé que estos folios son bien poca cosa; y que mas que estar orgulloso de ellos, debería avergonzarme de colarlos entre las distinguidas y valiosas firmas entre las que la casualidad me ha abierto un hueco. Pero esto es lo que hay, y quien da todo lo que tiene no está obligado a más. Yo doy aquí lo mejor de lo que soy capaz. Y no sólo por la cuenta que me trae -a nadie le gusta hacer el ridículo, y hay que apretarse bien los machos para meter unos folios entre las firmas que aquí figuran- sino porque si algo en el mundo merece la pena del máximo esfuerzo es cumplir con el maestro.
En el fondo, para él escribo. Esta es la conversación que nunca mantuve con Rafael García Serrano, aunque quede huérfana de su respuesta. Huérfana a medias, porque él, en cada uno de sus libros me dice algo nuevo cada día; algo que responde mis preguntas; que da solución a mis dudas, que me enseña a ser mejor o -al menos- a intentarlo.
El ya sabe todo esto que escribo y -mas importante aún- todo lo que callo, y el por qué. Él sabe que -como director de publicaciones- jamás he censurado un artículo de nadie; acaso porque no soy liberal, que -según el propio Rafael decía, y bien que lo comprobó y sufrió a lo largo de su vida- es la fauna mas propicia a establecer censuras. En cambio, también sabe el maestro que, si estos folios son mi libro -ese que toda persona debe escribir, según el dicho popular- no es por falta de cosas que decir, sino porque pienso que mejor hago callándolas. Sobre mí mismo si aplico la más férrea censura, y supongo que Rafael hacía lo mismo en los momentos de desánimo, para no dejar traslucir mas que su fe y sus ideales.
Por eso me tengo vetado, desde hace mucho, escribir algo que no sean los comentarios de actualidad de mi sección de EJE. Dar la opinión personal sobre los desaguisados que perpetra la fauna política, es algo a lo que poca gente se resiste, máxime si puede hacerlo en papel impreso y en un medio de comunicación que -como es el afortunado caso- cuenta entre sus lectores a mas de una personalidad cuyo nombre alegraría las pajarillas de mas de uno, y poblaría de fantasmas las noches miedosas de muchas malas conciencias.
Pero, en definitiva, ya va siendo hora de que deje de hablarles de mis motivaciones particulares y les cuente, como les había prometido, el nacimiento de este libro. La idea surgió de la carta de un suscriptor de EJE que nos proponía la realización de un homenaje a Rafael García Serrano.
No es que nos propusiera editar un libro, aunque si que sugería lo magnífico que sería hacer unas Obras Completas del maestro Rafael. Lo del libro en su homenaje fue idea nuestra, una vez comprobado que otros varios proyectos de homenaje eran inviables por razones de economía o de tiempo. Aún así, nos ha pillado el toro del calendario, y este libro, que estaba previsto editar para el primer aniversario de la muerte de Rafael García Serrano, saldrá -si hay suerte- para el segundo.

         (Entre paréntesis: eso creí, al escribir lo que antecede, con un optimismo que a la vista queda. Si hay suerte, no habrá sido para el segundo, sino para el cuarto aniversario. Y si no, Dios dirá. Fin del paréntesis).
***
         (Y otro paréntesis: no fue para el cuarto, ni el quinto, ni el vigésimo. Va a ser -quizá- para el vigesimonoveno, que coincidirá con el centenario del nacimiento del maestro Rafael.
Y, en cierta forma, por chiripa, puesto que de este asunto del libro, que en su día no pudo ser, ya nadie -salvo quien suscribe-, se acordaba, y por la sencilla razón de tener todavía en mi poder los originales que en su momento nos fueron remitidos.
El año anterior (o sea: 2016) di en recordar en mi blog que al siguiente se cumpliría el centenario, pidiendo a quien tuviese ocasión y medios que lo recordara. Ignoro si aquél aviso ha tenido alguna influencia en la conmemoración -mi vanidad no llega hasta el extremo de pensar que sí-, pero si sirvió para recordarme que aún tenía aquél proyecto de libro entre mis papeles y -acaso más importante en la actualidad- lo tenía también debidamente digitalizado.
Como aquello, en mi opinión, no iba a tener salida alguna, decidí sumarlo a la conmemoración del centenario publicándolo en mi blog, y así lo anuncié. El blog se llama -por si ustedes gustan- Mi Libre Opinión, igual que se llamaron mis secciones en EJE y en La Nación, y no hace falta indicar que no es un referente de Internet precisamente y que, aunque en su día -antes del desgraciado advenimiento de las redes sociales, que prácticamente han acabado con la presencia nacional entre la llamada blogosfera- tenía unas decenas de visitantes al día, ahora es prácticamente un simple desahogo personal.
No pensé, pues, que publicar este libro en formato digital en mi blog fuera a tener mayor trascendencia. Pero resulta que alguna de las personas ligadas a la organización del centenario tuvo noticia de ello, y se ha vuelto a la idea originaria de publicar el libro en la forma en que se deben publicar los libros, recabando nuevas colaboraciones y dándole la dignidad que merece.
Esperemos que esta vez si sea la buena, y fin de este nuevo y largo paréntesis).
***
Como novatos en estos temas, lo único que se nos ocurrió fue pedir su colaboración a cuantos periodistas, escritores y figuras políticas afines pudimos encontrar. Nos dirigimos en demanda de su ayuda a dieciocho famosas figuras, y las respuestas aquí las tienen los lectores.
Pensé -porque soy un individuo con muy mala idea, sobre todo si me tocan los temas sensibles- incluir una lista con los nombres de las personas a quienes demandamos su colaboración para este homenaje, y dejar que el propio lector emitiese el juicio correspondiente sobre los que, habiendo sido llamados, no tuvieron a bien responder. El tiempo transcurrido me ha hecho recapacitar, y he llegado a la conclusión de que los que no han sido capaces de remitir unos folios en recuerdo del camarada que se fue, no merecen que sus nombres figuren junto a los de aquellos que acudieron a la llamada ni -aún menos- junto al del maestro. Ni siquiera merecen el oprobio de que todo el mundo conozca su actitud, porque su mezquindad enturbiaría las limpias páginas de los que dieron el paso al frente a la primera insinuación.
(Nuevo paréntesis: ni siquiera ahora, al cabo de casi treinta años, quiero dar aquella lista de los que -cada cual con los motivos que tuviera- no acudieron a la llamada. Quizá pueda, incluso, ocurrir que quien entonces se descolgó -recuerdo una negativa especialmente dolorosa- se una ahora. Bienvenido sea, en todo caso).
Mientras estaba el libro en periodo de gestación, recibimos un consejo que nos hizo meditar bastante tiempo. Se trataba de dar a esta obra una envergadura mucho mayor, editándola con los mejores medios y contando con firmas que -se nos decía- aunque fueran políticamente opuestas a Rafael García Serrano, siempre habían considerado su valía literaria. Dudamos mucho, porque esta propuesta significaba realizar un homenaje a la altura que el maestro Rafael merece; pero nos temíamos que la aventura nos viniera grande. Por último, decidimos seguir la idea inicial.
Mas modesta, rayando en la pobreza, pero mas nuestra. No teníamos dinero para pagar colaboraciones, ni pensábamos que mereciera figurar en éstas páginas quien pusiera precio a su homenaje. Por muy importantes que fueran las firmas que hubiéramos logrado incluir, no era eso lo que deseábamos. Queríamos hacer una tertulia de amigos; un fuego de campamento; una reunión de veteranos que, en una chabola de este frente literario y periodístico en el que nos movemos, recordaran junto a la hoguera al camarada que se fue.
Rafael García Serrano fue siempre liberal, en el buen sentido de la palabra: en sus relaciones personales con aquellos que, aún pensando de forma distinta, tenían la honradez por bandera. Eso es cierto; pero una cosa es un trato educado y correcto, y otra muy distinta la amistad y la camaradería. Una cosa es respetar y darle la mano al adversario -al que se lo merezca, claro- y otra muy distinta darle un abrazo, llevarle a tu casa o presentarle a tu novia.
En fin: quizá otros hagan un libro mejor, con mas aportaciones y más medios; otros, tal vez, lograrán un gran éxito editorial. Nosotros sólo queremos rendir un homenaje al camarada que se nos fue a los luceros. Queremos hacerlo a nuestro aire, a nuestro estilo. Con la solemne informalidad de una reunión de viejos soldados que comparten los recuerdos. Y el vino. Estamos seguros de que Rafael lo hubiera preferido así.
Elegimos -elegí, que aquí cada palo debe aguantar su vela, y bueno es que ustedes sepan de quien es la culpa si lo consideran una forma de ahorrarnos trabajo- para el libro el mismo título que Emilio de la Cruz Hermosilla dio a su colaboración. Palabra que no fue por no pensar otro; ocurre, sencillamente, que definía perfectamente nuestra intención. Si Dios también anda entre los pucheros, como decía Santa Teresa de Jesús, bien puede este libro ser una oración por nuestro camarada, amigo y maestro.
Y esto es todo. El resultado lo tienen ustedes en sus manos. Esperamos que les parezca digno de la ilusión y el cariño que hemos puesto en él y -particularmente- del hombre a cuya memoria está dedicado.
Porque esto no es otra cosa que nuestra Oración por Rafael, a quien rogamos que interceda por nosotros para que seamos capaces de perseverar en el esfuerzo, como él siempre hizo.

Hasta luego, maestro. Quizá algún día me dejen pasar a verte un ratito, y podamos charlar de todo esto en el Paraíso que te has ganado a pulso. Ese Paraíso difícil, erecto, implacable, donde no se descansa nunca y que tiene, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas. O con viejas máquinas de escribir, que también sirven para luchar por lo que uno cree, y bien que lo has demostrado.

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