Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.

José Antonio Primo de Rivera.
(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)

martes, 25 de julio de 2017

SOBRE LA MENTIRA OLÍMPICA.

La que, con motivo del 25 aniversario de la Olimpiada de Barcelona, están propalando los medios de comunicación.

Nos dicen que aquella Olimpiada fue posible por la unidad de los españoles, por una Cataluña unida a España y a la cabeza de la misma en aquél asunto. Nos dicen que eso, ahora, no sería posible por el radicalismo separatista de hoy.

Y todo eso es mentira. Con todas las letras: mentira.

Y para que no me digan que falto a la verdad, aquí les traigo la portada y dos páginas interiores del número 34 de EJE -publicación de Juntas Españolas-, que demuestran claramente lo que afirmo. Ya entonces, en 1992, el separatismo catalán era protegido y fomentado desde las Instituciones; ya entonces la Bandera de España era quemada por los hijos de puta del separatismo; ya entonces las llamadas Fuerzas de Seguridad del Estado miraban a otro sitio; ya entonces se exhibían pancartas -eso sí, en inglés- diciendo que Cataluña no era España. Ya entonces los separatistas de Catalunlla se quedaron con los cuartos de todos para su particular interés. Ya entonces los separatistas nos robaban a todos.

Como entonces no se hizo lo que había que hacer, ni hubo lo que tenía que haber, aquellos polvos han traído estos lodos. 

Y los culpables, evidentemente, no son -no sólo, al menos- los separatistas aldeanos, paletos y cavernícolas, sino los que, desde el Estado -Felipe González, José María Aznar, José Luís Rodríguez, Mariano Rajoy- no lo han impedido.

(Pulsen sobre las fotos para verlas a tamaño grande)


viernes, 21 de julio de 2017

SOBRE LA LUNA.


Parece que ayer se cumplió el aniversario de la primera vez -que se sepa- que un ser humano puso el pie en la Luna.

Según todos los expertos, esa hazaña sólo fue posible porque era parte de la primera guerra -incruenta, pero guerra al fin- que el hombre libraba fuera de nuestro planeta. Tan es así, que tras agotar la inercia de ese empujón, no se ha vuelto, ni se espera volver en breve a nuestro satélite.

También todos los expertos -al menos la mayoría-, aseguran que la única forma de retomar la exploración espacial en serio sería la unión de todos los países interesados y con posibilidades, estableciendo un programa metódico, utilizando cada hallazgo para saltar al siguiente, y no como hasta ahora, que cada país o agencia más o menos supranacional se da un paseo por algún sitio y no vuelve en años.

Pero, en el fondo -pese a ser un apasionado del tema espacial- lo que de verdad me importa saber es cuándo coño vamos a bajar los españoles de la Luna.


martes, 18 de julio de 2017

SOBRE LA GUERRA CIVIL.


Hay gentes que no aprenden en cabeza ajena. Suelen ser los más necios -en la primera acepción de la palabra según el diccionario, aunque sin descartar las segunda y tercera-, los más tontos -en casi todas las acepciones-, y los más desesperados.

También hay gentes que no aprenden en cabeza propia, y siguen dándose golpes contra una piedra, en la confianza de que el pedrusco se partirá antes que su cráneo.

Hay, también, gentes que aún conociendo lo inútil de sus pretensiones, machacan con una mano sobre hierro frío para evitar que los palurdos que los contemplan noten que, con la otra mano, les están aligerando la cartera.

Y hay, finalmente, gentes que, por mucho que se les advierta de que el camino que siguen sólo conduce a un precipicio, y es sólo de ida, continúan caminando hasta llegar al borde. Un borde donde se detendrán y dejarán que sus seguidores avancen hasta caer al fondo.

Todo este preámbulo -largo, si que necesario- viene a cuento de la próxima guerra civil catalana. 

Ya estoy viendo a los catalanistas echándose las manos a la cabeza, con lo demócratas y tolerantes que son ellos, faltaría más; ya estoy oyéndome llamar de todo, particularmente fascista, que es cosa que a ellos les debe parecer muy gorda, aunque no tienen ni puta idea de lo que es.

Pero esperen; tómense la molestia de leer lo que sigue:

El director de los Mossos deja el cargo a 75 días para el referéndum:
“La policía no es de nadie, es de todos. No es de un partido ni de un gobierno”, defendió el día de su toma de posesión Albert Batlle.

Los mossos exigen quedar “al margen” de la tensión política.

Pascal dice que “los soldados del PDeCAT” están dispuestos a todo en defensa del referéndum
Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, ha asegurado este mediodía que todos los "soldados" del PDeCAT están dispuestos a hacer "lo que haga falta" desde el punto de vista de la responsabilidad y de compromiso con el referéndum del 1 de octubre.

El exdirector general de Seguridad Ciudadana de la Generalidad, Miquel Sellarès, ha pedido que se impartan cursos a los Mossos de Esquadra para que "estén preparados para asumir la seguridad nacional" de Cataluña el "día después" de la proclamación de la ruptura.

O sea, que son ellos los que hablan de soldados y de ejércitos. Y resulta que los políticos separatistas catalanes quieren que sus mozos de escuadra sean el ejército de su presunta Catalunlla independiente, porque hay que ver todos estos pacifistas, tolerantes, demócratas y otras malas hierbas, cómo se pirran por jugar a los soldaditos en cuanto su estupidez les hace pensar que llevan las de ganar.

Pero su ejército les sale respondón -inevitable cuando una fuerza armada se siente mal dirigida, mal mandada, mal comprendida, mal empleada- y advierte que ellos no son "de un partido ni de un gobierno", y que les dejen “al margen” de la tensión política.

Es decir: que si se emperran, lo más probable es que se líen a bofetadas entre los separatistas y los mozos de escuadra, con participación de toda esa purrela de anarcoseparatistas, de gorrinocatalanistas, de guarrokupas y demás fauna asilvestrada al calor de los aldeanos de barretina calada hasta la mandíbula.

Y todo ello -según los altos mandatarios europeos- fuera de la UE, cosa que los cavernícolas separatistas siguen negando porque en ello les van años de cárcel por fraude, por estafa, por malversación de fondos, y por esos ahorrillos en Andorra o Suiza o...

Todo lo cual no traigo a colación por casualidad en este día 18 de Julio, como podrán imaginarse, de la misma forma que esa sentencia joseantoniana que figura justamente bajo la cabecera tampoco es casualidad.

sábado, 15 de julio de 2017

SOBRE TRES AÑOS SIN ARTURO.

Arturo es, evidentemente, Arturo Robsy. Amigo. Camarada. Maestro. Falangista. Español.

Hace ya tres años que se nos fue a los luceros, y así lo digo porque Arturo no dejó jamás de combatir. En primera línea y donde hiciera falta, incluidas las duras molleras de trogloditas aldeanos y las meninges inciertas de sarnosos con gusto, siervos de imperialismos ajenos.

Como en muchas otras cosas, sobre el separatismo catalán y el imperialismo de barretina dijo lo más acertado, lo más justo y lo más claro.

Quien lo conoció no necesita que se lo cuenten; quien no llegara a conocerlo, tampoco tiene que creerme, porque aquí mismo, un poco más abajo, tienen un buen ejemplo de cómo caló Arturo –hace ya 10 años, cuando campaban los Maragalles y los Pujoles- a los separatistas catalanes.

Pasen y lean:


AL CABO DE TREINTA AÑOS

Al cabo de treinta años
de vergonzosos acuerdos
el pueblo de España ve
lo que guardaban secreto
los hombres de mala fe,
los despreciables sujetos:
se ha entregado Cataluña
a una camada de perros
que viven del odio a España
y de abducir nuestros euros;
que odian con las entrañas,
que vengan falsos recuerdos
(iras bajas de sayones),
que se imaginaron ellos.
España ignoraba todo
al cabo de treinta infiernos:
no sabía de la furia
de tantos cobardes ciegos,
de tantos lobos sarnosos,
de tantos caciques viejos
que viven en Barcelona,
creyendo que irán más lejos
cuando mandan socialistas,
maragalles recaderos,
pujoles de furia en grito
que hicieron, con atropellos,
una Cataluña odiosa
para el común de los pueblos.

Ahora España lo sabe
y escucha el triste concierto
que el obispo y el sayón
entonan tocando a muerto.
Catalanes de remonta,
importadores de negros,
cabezas de barretina,
tiranos pluscuamperfectos:
sois los hebreos de España,
hombrecillos en barbecho,
ladrones de la verdad,
bandoleros al acecho
siempre esperando que España
sucumba a vuestros manejos.
Las guerras de tantos siglos
catalanes las hicieron
y quisieron ser franceses
antes que españoles rectos.

Pistolas quiero, pistolas,
pistolas de acero y fuego,
para bajaros los humos,
para subiros el miedo,
para romperos las ganas
de vernos a todos, lejos,
callando vuestras miserias,
creyendo vuestros lamentos.

Maragalles y Carodes:
se acercan los tiempos nuevos
en que la Patria pondrá
vuestras cabezas a precio,
y las voces de justicia
aplastarán vuestros retos.
Dirán España sin duda,
anhelado sacramento.
Valéis poco para todo;
valéis poco para menos,
y en las montañas de España,
por los llanos y en los cerros,
colgarán vuestras efigies
debajo de un gran letrero:

«Estos locos olvidaron
que España es una y no ciento:
una España para un mundo.
Y en su locura creyeron
que somos como Rajoy
o como el ruin Zapatero.
Pero somos españoles,
tan ciertos como luceros,
que bailaremos un día
sobre vuestros huesos secos,
cabrones acelerados.
Ay de quien le toque un pelo
a la unidad de la Patria:
Traidor sea sin remedio,
Maragall de rompe y rasga,
desde hoy hasta lo eterno.»

Al cabo de treinta años,
al cabo de treinta infiernos,
los hombres por fin despiertan
y piensan en los aceros
y sueñan en bayonetas,
que es bueno soñar despiertos.
Este cansancio de siglos,
este dolor sin remedio
de escuchar todos los días
los catalanes lamentos,
ha de tener un final,
un revivir justiciero,
un comulgar con la Patria,
anhelado sacramento,
porque ser hombre es luchar,
porque ser hombre es un reto.
Abajo, canes, abajo.
Quietos, requietos, los perros.


Hízome don Arturo,
español por el momento,
pensando que un día, algunos
veremos mejores tiempos.







martes, 11 de julio de 2017

SOBRE LOS 20 AÑOS DEL ASESINATO.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco, del que muchos medios de comunicación andan haciéndose lenguas en estos días, con entrevistas, cortes de audios de la época y elucubraciones varias sobre el efecto que tuvo en -dicen- el fin de ETA.

Aquél asesinato marcó, obviamente, un hito. Los periodistas y tetulianos afirman que de aquél hecho partió la derrota de ETA, como si ETA hubiera sido derrotada.

El hito que marcó aquél asesinato fue el cambio de víctimas habituales. Hasta entonces, la mayoría habían sido militares, guardias civiles, policías, españoles normales de los que no vivían del cuento presupuestario. A partir de aquello, la mayoría de asesinados fueron políticos. Y ello conllevó que los políticos se tomaran más en serio una guerra que hasta el momento les había importado muy poco. Dejaron de sentirse seguros, y empezaron a apretar un poquito.

Luego vendría un tal señor Rodríguez que según los periodistas y los tertualianos y los tontos -condiciones no excluyentes- acabó con ETA; y según la realidad, le dio a ETA casi todo lo que quería, de forma que los asesinos no tuvieran que correr peligro. La prueba de lo que digo la tienen -si dudan- en el mismísimo Congreso de los Diputados, en gran número de los Ayuntamientos de las Provincias Vascongadas, en buena parte de Navarra -incluyendo el Ayuntamiento de Pamplona-, y en las reinserciones de presos con miles de años de condena por cumplir.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco si marcó, ciertamente, una nueva forma de hacer las cosas. Sencillamente porque vieron que el pueblo español estaba, sí, dormido; pero que quizá aún pudiera despertar. El acojone de criminales separatistas en las herriko tabernas fue de órdago, y la Policía tuvo que defender a los proetarras para que el pueblo no les diera la carrera del señorito y tal vez algo más, y los políticos -todos- temieron que si se abría el melón la cosa no se quedara ahí y acabara barriendo -tras darle a los etarras una ración de su misma medicina- toda la inmundicia de un sistema político cimentado con sangre.

Y la nueva forma de hacer las cosas fue, como es normal en este sistema corrupto, podrido, la de aguar la ira popular, embridar las aspiraciones y someter la reacción del pueblo a la tolerancia, no del victorioso, sino del cobarde.

A dos décadas vista pueden ahora inventarse lo que quieran. Pero la realidad -al menos la que yo vi entonces- es la que a continuación les copio de lo que publiqué en su día:


*****

Publicado en LA NACIÓN, Núms. 254-255
Extra septiembre de 1997
Sobre la frase

El pueblo español, a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido, ha protagonizado una de las más impresionantes manifestaciones de dolor y de ira. Y de impotencia.

Impotencia, porque al pueblo español lo han domesticado, adiestrado en la dialéctica de los lemas insulsos (lo que los políticos llaman slogans) y de los pareados ripiosos.

Así, una de las frases más celebradas, más repetidas en los resúmenes televisivos, más jaleadas como muestra de la determinación popular, más aplaudida y difundida, como queriendo que se grabe bien incluso en las molleras más duras, ha sido la de ETA, escucha, aquí tienes mi nuca.

Esta frase nació en la Puerta del Sol de Madrid. En el mismo escenario donde la Policía repartió estopa allá por el 79 a los que no gritábamos aquí tienes mi nuca sino contra ETA, metralletas, pareado igualmente ripioso, lo confieso, pero que demostraba un talante radicalmente distinto. Un talante que molestaba al Gobierno ucedarra, no sé si porque temía que el pueblo se hartase y tomara la determinación de hacerse la justicia que nadie le hacía —ni le ha hecho después— o porque les daba envidia no tener los arrestos del más anciano de aquellos manifestantes.

Me ha causado, debo decirlo, una enorme impresión ver a decenas —acaso cientos— de personas, generalmente jóvenes, ofreciendo su nuca, arrodillados y con las manos tras de la cabeza, en actitud de cordero presto al sacrificio.

No puede caer más bajo el orgullo, la dignidad, la gallardía de un pueblo, que se ofrece a morir de rodillas porque ni siquiera ha pensado en combatir de pie. Que ha perdido el instinto de supervivencia, o acaso eso otro que diferencia al toro bravo del cabestro.

El pueblo español se ha convertido, definitivamente, en una lengua sin manos.

Sobre la esterilidad

La de todas aquellas manifestaciones, concentraciones, lazos azules, pancartas, que llenaron las calles y plazas de España hace —cuando escribo, a mitad de agosto— un mes.

Protestaron entonces contra un asesinato, muchos cientos de miles —acaso millones— de personas que no habían protestado antes. Fue, qué duda cabe, un gesto emotivo. Pero condenado, por falta de continuación, a la esterilidad.

Todo muy bien los primeros días, claro. Pero, una vez consumida la emotividad y el riesgo de que el pueblo, harto y hastiado; peor aún, burlado una vez más, se tomara la justicia por su mano, han vuelto las cosas a sus orígenes. Ya tenemos de nuevo a los separatistas del PNV acusando al Gobierno —y a los partidos españolistas en general— por no tender la mano negociadora a los asesinos. Por no seguir manteniendo a cuerpo de rey, de vacaciones en el Caribe, a asesinos confesos.

Y tenemos a esos partidos llamados españolistas con los habituales paños calientes, con las discusiones bizantinas de si se acordó esto o lo otro, de si se interpreta lo de allá o lo de acullá.

Y tenemos al Gobierno de vacaciones, y en septiembre empezaremos a hablar.

Y tenemos —ahora sin la menor duda, si es que alguna quedaba— la más completa seguridad de que no cabe más salida que pasar a cuchillo a los que, pudiendo poner soluciones, permiten que todo siga igual.




Publicado en LA NACIÓN, Nº 256
Del 14 al 29 de octubre de 1997

Sobre las manos blancas

Esas que se ha puesto de moda pintar —incluso pintarse, a estilo payaso pero sin serlo— como símbolo de rechazo al terrorismo. Es un buen símbolo: dejar la conciencia plagada de suaves huellas, apenas leves manchas, de blancas banderas de rendición.

Manos blancas —ya lo dijo don Tadeo Calomarde— no ofenden. No desestabilicemos, pues. Manos blancas, leve huella de melosidad de gato castrado.

Manos blancas no ofenden.

Y eso es lo malo: que las manos están para ensuciárselas con el trabajo, no con la mascarada; para el apretón sincero o la bofetada limpia.

Manos blancas no ofenden.

Y ya va siendo hora de que las manos dejen de estar blancas, impolutas, recién lavadas como la conciencia, y empiecen a levantarse. Para defender y para ofender.

Amén.




lunes, 10 de julio de 2017

SOBRE LA PANCARTA DE CARMENA.

La que la señora alcalda -que no alcaldesa, ni por el forro-, se niega a poner en recuerdo de Miguel Ángel Blanco para -dice, según explica El Mundo- "no destacar a una víctima sobre las demás".

También cuenta el mismo periódico que la señora Carmena no está sola en esto, sino que el PSOE, Podemos e IU se suman a la ausencia. Que, dicho así, parece lioso; pero a lo que me refiero es a que todos estos partidos niegan el homenaje al concejal asesinado hace 20 años. No podía ser menos si vamos a origen de las cosas, porque es evidente que la ultraizquierda no se va a poner en contra de sus queridos compañeros de ETA, a los que tanto ha favorecido.

Como llevo diciendo muchos años -así como cuarenta-, no quiero que haya muertos; pero, si ha de haberlos -ya se sabe que fue el precio de la democracia-, prefiero que los asesinados sean los que tienen alguna culpa, y no los hombres de uniforme a los que se les impide defenderse y hasta hablar.

Por ello, mi opción a la hora de colocar pancartas sería en recuerdo del Guardia Civil Don José Ángel Pardines, primer asesinado por ETA. O, por especialmente significativo, en recuerdo del Excelentísimo Señor Almirante Don Luis Carrero Blanco.

Por lo demás, que la señora
Carmena se niegue a colocar una pancarta en el Ayuntamiento de Madrid, cuando tantas buenas ocasiones ha desperdiciado para ofrendar su negativa, no hace mas que definir a la alcalda, a los delincuentes que capitanea, y a los gilipollas que la sostienen.




lunes, 3 de julio de 2017

SOBRE LA MIERDA DEL ORGULLO.


No se me encampanen los tolerantes, los demócratas, los respetuosos, los orgullosos y -menos aún- los fiscales, porque no pretendo decir que la fiesta del homosexualismo sea una mierda, sino que la referida cuchipanda arrojó -literalmente- 469 toneladas de porquería -115 sólo en la manifa- sobre las calles de Madrid.

La referencia la pueden ver en 20 minutos, pág. 10 de la edición en papel de Madrid. En ese periódico pueden ver la foto de un sufrido operario de limpieza barriendo los productos del orgullo ayer por la noche. 



Espero que hoy sigan con el resto de las calles de esta emporcada ciudad, porque si las autoridades municipales se encargan de limpiar inmediatamente la basura de los orgullosos, quizá sea también hora de que limpien la mierda que nos persigue, durante semanas, a todos los demás en cuanto ponemos un pie en la calle.

sábado, 1 de julio de 2017

SOBRE LOS ORGULLOSOS.

Según ya ustedes probablemente sepan, en Madrid se está perpetrando eso del orgullo de los que presumen de hacer las cosas al revés. Con muchísimo respeto a la diversidad, la libertad de elección, lo políticamente correcto, y todo lo que los señores fiscales quieran; pero al revés. En resumen: lo de los gays, y toda su compañía.

Señoras, señores y señoros que, dado que piden respeto -y me parece muy bien- deberían empezar por respetar, lo que me parecería mejor.

No voy a decir que los que no somos de su parecer no vamos por ahí presumiendo de lo que somos, y menos aún contraponiéndolo belicosamente a lo que sean los demás; que no nos disfrazamos para ofender a los demás, y que -salvo conductas aberrantes, que de todo hay- no vamos con las lorzas al viento, ofendiendo al buen gusto ni a nuestra propia dignidad.

No voy a decir nada de eso, tan repetido en varias ocasiones aquí mismo. En cambio, voy a hacer unas cuentas facilitas. 

En el año 2015 se celebraron -vaya, ustedes perdonen, es una forma de hablar- elecciones municipales y autonómicas en Madrid. Me refiero a esta ciudad porque es donde los que gobiernan ayuntamiento y autonomía acogen con los brazos abiertos, no solo a las personas que se consideran diferentes, sino los actos, desfiles, conciertos y cuchipandas varias, con los resultados que luego se verán. Y, por de pronto, con el permiso de la señora Carmena para hacer todo el ruido que se les antoje, porque los que todo lo centran en los órganos genitales pueden, por lo visto, destrozar los tímpanos de los demás. 

Pero pasemos al recuento que anticipaba:

En las elecciones municipales de 2015 hubo 1.642.898 votantes, lo que supone un 68,85% del censo. 

En las elecciones autonómicas de ese mismo año, votaron 3.205.931 personas, lo que equivale a un 65,69% de los posibles votantes.

Haciendo una media de los porcentajes y redondeando hacia arriba -no me vayan a decir que les quito representación- los actuales equipos de mangoneo en municipio y autonomía sale por un 67,5% de los residentes con derecho a voto.

En las elecciones generales del año pasado, votó el 69,84% de los llamados a las urnas. Repitiendo la media, la cosa queda en un 68,7% que -a nivel municipal y autonómico de Madrid, y a nivel nacional- ha elegido lo que hay.

Y lo que han elegido, señoras, señores, señoros, es esto:







Es decir: casi un 70% de los votantes han elegido que en las calles de Madrid, a media tarde, se paseen señores, señoras y señoros en paños menores, porque eso es muy democrático, muy tolerante, muy moderno y muy culto.

Y ello, con independencia de a qué partido dieran su voto, porque en esta carnavalada -vea los disfraces, señor fiscal- participan y colaboran todos los partidos con representación. 

O sea, señores que votaron en 2015 y 2016: esto que aquí ven, son ustedes, y no se quejen.


sábado, 17 de junio de 2017

SOBRE LA PETICIÓN DE ALFONSO GUERRA.

Mariano Rajoy debería explicar por qué no está aplicando ya el artículo 155 de la Constitución para frenar "los excesos de los secesionistas" en Cataluña. Si existe alguna razón debería explicarla, "pues cada día se hace más difícil entender su parálisis ante la manifiesta rebeldía del nacionalismo catalán contra las leyes". 

Ya se están dando las condiciones para aplicar el artículo 155 de la Constitución: que una comunidad no cumpla las obligaciones que le imponen la Constitución y las leyes -puesto que la Generalitat ha desobedecido sentencias del Tribunal Constitucional y del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña- o que atente gravemente contra los intereses de España (...) este segundo supuesto también se ha dado, con los contactos internacionales para lograr apoyos de Gobiernos e instituciones supranacionales a su referéndum y, como "guinda del pastel", calificar a España de "estado autoritario".

"Resulta patético contemplar a ese grupo de políticos enredados en la tela de araña de la corrupción, buscando desesperadamente librarse de la Justicia española por un procedimiento insólito, desconectando a Cataluña de España para librarse de la prisión".

Cosas todas ellas absolutamente ciertas, por más que los habituales soplagaitas de lo políticamente correcto se lleven las manos a la cabeza. Sobre todo, si antes no se han enterado de que todo esto que precede lo ha escrito y dicho -véase El Confidencial- don Alfonso Guerra.

Por mi parte, no puedo mas que mostrarme de completo acuerdo y recordar que hace unas semanas vine a decir lo mismo en este mismo diario. Ya imagino que cuando lo firmé yo los bienpensates lo tomarían por un exabrupto de un fascista, y que ahora que lo dice un socialista lo encontrarán muy razonable. 


Creo que no es la primera vez que coincido con don Alfonso Guerra, y probablemente no será la última, porque el señor Guerra parece ir adquiriendo el uso de razón que no tuvo cuando, desde su partido, se colaboró en apañar este bodrio de Constitución que nos ha llevado a donde estamos. 

Porque, por mucha razón que ahora tenga don Alfonso Guerra, el caso es que hace cuarenta años él y los suyos metieron la pata hasta el fondo, y los que ya entonces veíamos lo que se nos venía encima éramos fascistas, ultras y todas esas cosas.

jueves, 15 de junio de 2017

SOBRE LOS CUARENTA AÑOS.


Los cuarenta años que -según me recuerda la radio esta madrugada, cuando salgo a trabajar- se cumplen de las "primeras elecciones democráticas de estepaís".

De entrada, hacen bien en no tratar de colarnos como democracia esa república segunda, vertedero de mierda y sangre, zahúrda de chulos cobardes y tontos pusilánimes, en la que la izquierda siempre consideró al Estado como su propiedad, y la derecha no supo qué hacer con su victoria electoral. Y eso que, en este sentido, no hay mejor heredero que esta democracia para aquél desbarajuste.

Tampoco colaría como democracia la república primera, que genero tres guerras civiles simultáneas y episodios tan chuscos como la declaración de guerra de Jumilla a Murcia, y las algaradas piratas de Cartagena sobre la costa levantina. Y eso que, a este respecto, seguimos idéntico camino, y ya nos las veremos igual cualquier día.

Menos aún podría colar como democracia el curioso periodo de los dos borbones de nombre Alfonso; esos que dieron contenido al verbo borbonear, tan profusamente conjugado en estos últimos decenios.

Evidentemente, para los tontos incapaces de salirse del tópico y el estereotipo, la única democracia es el régimen donde los partidos políticos separan, dividen, enfrentan y confunden a los pobres desgraciados que tienen sometidos, cuyo única participación es la evacuación periódica de su cachito de soberanía nacional en los vespasianos de metacrilato. O -en casos de extrema gilipollez separatista- de cartón.

La representación popular, debidamente organizada en torno a las vías naturales -el municipio, la familia, el sindicato- no vale como democracia para los que viven del cuento de los partidos políticos que nos esquilman. Y que, por supuesto, dan de comer a la multitud de comunicadores, tertulianos, creadores de opinión y demás gente de mal vivir, que cobran por alabanza al propio o diatriba al contrario. 

De todo ello, creo poder deducir que, efectivamente, hace exactamente cuarenta años se celebraron -perpetraron, más bien- las primeras elecciones democráticas de estepaís. Estepaís tan parecido a la primera república, los cantones y las guerras civiles -dentro de unos meses me lo dirán los pobres habitantes de esa Catalunlla que sólo existe en mentes calenturientas de bobos o de chorizos-; estepaís tan parecido a la segunda república, con una izquierda que considera que nadie sino ellos tienen derecho a gobernar, porque son los únicos demócratas -más democráticos cuanto más ultraizquierdistas-; y con una derecha acojonada y acongojada ante el temor de que la llamen franquista.

Estepaís tan parecido a la restauración borbónica; estepaís tan de pandereta, aunque ahora la pandereta lleve pellejos de movidas, orgullos y titiriteros etarras y carmenitas.

Estepaís donde la industria desapareció a la mayor gloria de los cabestros que nos metieron de hoz y coz en el mercado común, hundiendo durante décadas nuestra economía a cambio de recibir la sopa boba que los politicastros desviaban a donde les venía bien; estepaís donde los recursos de los parados se los meten en el bolsillo los partidos y los sindicatos; estepaís donde los ayuntamientos mejor valorados son los que tienen las calles llenas de mierda, pero ofrecen circo abundante. Estepaís donde el socialista -me lo han dicho personalmente- votará socialista aunque se muera de hambre, y donde el derechista votará al PP -nido de traición, de corrupción, de cobardía- porque si no, vendrán los rojos.

Estepaís, desde luego, es el hijo directo de esas primeras elecciones democráticas; es lo que nos hemos dado a nosotros mismos, como advirtió el fenecido señor Duque de Suárez. De aquellas primeras papeletas vinieron la sangre de mil asesinados por ETA, los cinco millones de parados, las concesiones a cualquier separatista o terrorista, las corrupciones de todos -PSOE, PP, IU, UGT, CC.OO. y un etcétera que no cabría aquí-, los jueces estrella prevaricadores, los guardias civiles arrastrando por el suelo las banderas de España que acababan de robarle a los españoles y, en un futuro no muy lejano, la desmembración de España.

Y lo peor, es que nos lo merecemos.


lunes, 22 de mayo de 2017

SOBRE EL GANADOR DEL SARAO SOCIALISTA.

El de ayer, ya saben ustedes, donde tenían que votar los sociatas cual de sus pastorcillos -o pastorcillas, o pastorcilles- los llevaban a esquilar. 

A los demás -o sea, a los que no somos sociatas- quien fuera el ganador nos daba más bien lo mismo, porque sabemos que cualquiera de ellos -ya antes sirvieron de ejemplo González y Rodríguez- nos iba a sacar lo que tenemos y lo que no tenemos. Y tanto para dárselo a los suyos, como para quedárselo.

Parece que los socialistas con voto dentro de su partido están mayoritariamente a favor de mister NO, única palabra comprensible que lleva dicha desde que nació a la vida pública. Es decir: que los socialistas con voto siguen en el dales caña Arfonzo, con que saludaban a aquél simpático señor Guerra; el de los hermanos enchufados en despachos oficiales de la Junta de Andalucía. Siguen en la visión guerracivilista destapada por un señor Rodríguez que sigue emperrado en ganar la guerra que su abuelito perdió. 

Evidentemente, no soy de los cándidos que pudieran pensar que con doña Susana la cosa sería mejor. Y para qué hablar de don Pachi Nadie. 

Porque en el fondo todos sabíamos -todos los que conocemos el paño, vaya- que de esa cuchipanda sólo iba a salir un ganador: don Pablo Iglesias.


sábado, 20 de mayo de 2017

SOBRE LA GUERRA DE HOMS.

El señor Homs, qué duda cabe, es un machote. Es tan machote como sólo puede serlo un mamarracho aldeano, que de su cazurrería hace blasón; de su necedad razón, y de su canguelo chulería.

Es un machote que él solito va y declara la guerra a España, ahí es nada; pa chulo él, y pa pegarse los cretinos que le siguen y le pagan las bromas.

El señor Homs, en su estupidez sobrevenida, afirma que «Ya hemos declarado la guerra y no tiene marcha atrás, las decisiones ya se han tomado, las ha tomado el pueblo; en términos bélicos ya se ha dado la instrucción de ''a la carga''». Si, como personas normales, no se lo pueden creer ustedes, compruébenlo en ABC y -para que no digan- en El Nacional de Barcelona.

Flotando en su nube -o intoxicado por sus propios excrementos mentales- el señor Homs afirma que el Gobierno -el español, claro; que aunque él lo ignore como buen cateto, es el que le da legitimidad al de su región- «aborda la cuestión catalana como una guerra convencional».

El señor Homs podría ser más tonto, si; pero entonces seguramente hubiera nacido besugo. Casi dan ganas -que es lo que él y los ignorantes de su cuerda parecen anhelar- de demostrarle cómo se hace una «guerra convencional». Pero ya les comenté hace unos días cual es el procedimiento adecuado para tratar con estos payasos, dicho sea en primera acepción: aplicar la Ley vigente, y punto. Pero aplicarla en serio, y mejor ayer que hoy.

Además, si el señor Homs -y los papanatas que le secundan- tuvieron un mínimo de cultura -ese obstáculo insuperable para ser catalanista- debería saber que la democracia internacional considera que el Estado que declara una guerra es, automáticamente, considerado culpable de la misma, razón por la cual en el ancho y largo mundo no ha habido una sola guerra -oficialmente declarada- desde que acabó la mundial segunda.

De esta forma, resulta que el señor Homs y sus cenutrios de guardia se han confesado culpables de una guerra de agresión que, según el precedente de Nuremberg les debería llevar -democráticamente- a la horca.


viernes, 19 de mayo de 2017

SOBRE UNA CARTA SIN DESPERDICIO.

Carta sobre la que, sinceramente, poco o nada puedo añadir o explicar, porque el páter -no simple cura, sino páter en toda la gloriosa definición de la palabra- lo deja bien claro, bien alto y bien firme.

Hay veces en que mi trocito de anarquista -ya se sabe que el español es mitad prusiano y mitad anarquista-, me lleva a confrontaciones con la política mundana de la Institución eclesiástica. Nunca contra la fe ni contra el dogma, en la medida en que alcanzo a conocerlo. Sí, como digo, contra la política mundana de la Iglesia, tan bien representada -la propensión al mundo, digo- por sus altos cargos, desde el Papa Francisco hasta el último Obispo e innumerables curitas. 

Por tales motivos he sido llamado al orden en ocasiones -no por los trileros eclesiales, sino por quien tenía autoridad moral para hacerlo, y derecho a ser escuchado-, y de ahí que no quiera hacer más comentarios sobre la carta que les transcribiré a continuación. 

Además, no los necesita, y no sería capaz de mejorar nada de lo que en ella se explica. Pasen y vean, pues:  

 
Carta de un cura de a pie 
a los obispos de Cataluña

 

Reverendísimos Sres. Obispos de Cataluña:
La Nota del 11 de mayo firmada por todos ustedes me ha dejado sumido en la más absoluta perplejidad y tristeza. Afirman sin embozo que se sienten herederos de la larga tradición de nuestros predecesores, que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña, y al mismo tiempo nos sentimos urgidos a reclamar de todos los ciudadanos el espíritu de pacto y de entendimiento que conforma nuestro talante más característico. Seguidamente, para que no haya lugar a dudas, vuelven a insistir: Por eso creemos humildemente que conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura, y que se promueva realmente todo lo que lleva un crecimiento y un progreso al conjunto de la sociedad, sobre todo en el campo de la sanidad, la enseñanza, los servicios sociales y las infraestructuras.
Perplejidad y tristeza, sí. Porque durante meses se me ha conminado a evitar cualquier connotación, en mis palabras y actuaciones, que pudiese ser interpretada como un posicionamiento a favor de la unidad de España, que forma parte de las legítimas aspiraciones de la mitad del pueblo catalán; porque se me indicó que cualquier manifestación pública en ese sentido podía provocar crispación y división entre los fieles católicos que viven en Cataluña. Por tanto, que la procesión con el Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios en Hospitalet estaba fuera de lugar; que la Santa Misa celebrada por los difuntos en acto de servicio de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no era de mi competencia; que la atención pastoral prestada a los nonagenarios socios de la Hermandad de la División Azul y el posterior acto académico eran una provocación en toda regla; y que la manifestación contra la cristianofobia y por la libertad de culto y de expresión en la Plaza de San Jaime -con la imagen de Cristo crucificado- no era conveniente que estuviera acompañada por ningún sacerdote porque producía crispación social.
Me siento profundamente engañado por unas palabras que llegué a considerar hasta sinceras por el empeño que se ponía en hacérmelas comprender casi al precio de parecer tonto. Y referidas en cualquier caso a actuaciones meramente evocativas, sin una directa operatividad política y social. Capítulo aparte merecen los posicionamientos y actuaciones de algunos obispos ante mi participación en las manifestaciones mensuales contra el aborto en el Hospital de San Pablo, intentando desactivarlas a causa de la incomodidad que les generan.
Perplejidad y tristeza, sí. Porque ustedes, señores Obispos, se han posicionado públicamente a través de su Nota afirmando la realidad nacional de Cataluña, concepto no pastoral sino político, no fermento de unidad, sino de discordia. Porque consideran legítimas y ahora legitimadas por ustedes, las  aspiraciones de menos de la mitad de los catalanes (aunque por bastante más de la mitad del poder político y eclesiástico) a estimar y valorar una singularidad nacional fabricada hace cien años por Prat de la Riba y las Bases de Manresa. Aspiraciones ahora concretadas en el empeño de esos poderes por un referéndum para consumar la destrucción de una unidad que ha durado siglos. Unidad no sólo de España, sino también de Cataluña, en la que el autodenominado “pueblo catalán” pretende someter a los que tan atinadamente llamó Candel “els altres catalans”. De momento, mediante un referéndum que los enfrente y los confronte.
Ustedes, Sres. Obispos ¿se sienten herederos de la larga tradición de sus predecesores que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña? Pues yo también me siento heredero, junto con esa otra mitad de catalanes silenciados también por la Iglesia, de una tradición muchísimo más larga y más catalana que la suya.
Me siento heredero de aquellos que en las Navas de Tolosa unieron las fuerzas de toda la España cristiana -Asturias, Castilla y León, Navarra y Aragón- para defender la libertad de profesar la fe verdadera frente a la intolerancia sanguinaria del Islam. Me siento heredero de aquellos sacerdotes y obispos que enviados por Isabel y Fernando al Nuevo Mundo, evangelizaron las Américas y confirieron la dignidad de hijos de Dios a hombres y mujeres de otras razas que se convirtieron por la fe no en esclavos, sino en súbditos libres de su Madre Patria, iguales en derechos a los demás españoles.
Me siento heredero del Somatén de Sampedor que se levantó con el timbaler del Bruch el dos de mayo de 1808 para defender una patria española que, invadida por los ejércitos de la atea Ilustración francesa, amenazaba con destruir la fe de una nación constituida sobre ella. Me siento heredero también de Mossén José Palau, Sacristán mayor de Nuestra Señora de Belén, bárbaramente mutilado y quemado vivo en su iglesia cuando la multitud anarquizada arrasó con todos los templos de Barcelona el 19 de julio de 1936,  y arrebató la vida de cientos de sacerdotes y religiosos, a los que siguieron luego varios miles bajo el mandato de Companys. Me siento heredero de aquellos catalanes que bajo la advocación de la ahora profanada Virgen de Montserrat, levantaron la bandera de la Tradición catalana y regaron con su sangre los campos de España, muriendo por Dios y por su Rey católico. Soy heredero de aquellos hombres y mujeres honrados que prefirieron permanecer fuera, vigilantes, a cielo raso, antes que participar en los restos desabridos de un banquete sucio. Me siento heredero de aquellos que se jugaron la vida para sacar a la luz las catacumbas de Cataluña, y para dar testimonio de la Fe de Cristo en sus calles y en sus plazas; y de aquellos que murieron en un sucio paredón de cara a la madrugada con la mirada puesta en su Dios y en su Patria.
Con el mismo derecho que ustedes se declaran “herederos” de los unos, me declaro yo heredero de estos otros como catalán que soy. Con el mismo derecho conque ustedes toman una opción tremendamente discutible, yo tomo la contraria y lo hago también públicamente desde mi conciencia de sacerdote y de cristiano, de la cual ni siquiera la Iglesia puede juzgar. Soy heredero de una tradición que me ha hecho, por la gracia de Dios, ser lo que soy. ¿Ustedes obran en conciencia? Yo también. No les juzgo, no me juzguen ustedes a mí. Dios ya lo hará con todos. Pero ese “pueblo catalán” que está en el poder y aspira a ver reconocida su singularidad nacional,no deja de ser una elucubración hegeliana al servicio de ese poder absoluto e intolerante, no sólo político, sino también moral (desde la perspectiva católica, inmoral) que en Cataluña impide toda discrepancia, hasta la de los obispos. Pero insisten en que se ha de dialogar con ellos. ¿Sobre qué? ¿Sobre el calendario de imposición de la corrupción moral?
Ustedes, Sres. Obispos, mantienen impertérrito el ademán ante la “Constitución” inmoral y anticatólica del nuevo Estado Catalán que parecen aceptar de buena gana, con la única condición de un pacto y un entendimiento que saben que no llegará nunca por la absoluta incompatibilidad de principios y por el carácter rabiosamente totalitario de ese poder. ¿Debemos entonces aceptar que se abra el camino a todos los sacerdotes, religiosos y religiosas de sus diócesis para que se pongan al servicio incondicional del nuevo Estado inmoral y tiránico que se quiere refrendar contra la mitad del pueblo catalán y contra el resto de España?Me duele profundamente que en su nota conjunta, los obispos de Cataluña no hablen del Pueblo de Dios (que es el que la Iglesia nos confió), sino sólo del pueblo de Cataluña(el medio pueblo de Cataluña que tiene el poder y por el que parecen apostar) elevándolo así a categoría teológica; me duele que no se nombre en ningún momento ni a Cristo ni a su Iglesia y se prescinda del anticristianismo radical de ese “pueblo de Cataluña” que ha profanado ya los símbolos más sagrados de nuestra fe.
Y resulta sorprendente, Sres. Obispos, que apuesten ustedes por una Cataluña cuyos servicios sociales, tan fuertemente anclados en el progreso que ustedes desean, ofrecen niños en adopción al Lobby LGTB; que apuesten por una sanidad que cultiva el aborto, la eutanasia y la experimentación con embriones humanos; y por una enseñanza que adoctrina ya hoy en ideología de género y en plurisexualidad desde la educación primaria. De momento, han conseguido ostentar la tasa más alta de abortos -también en hospitales participados por la Iglesia- pagados con dinero público por la Generalitat. Este progreso que ustedes, señores obispos, desean que se promueva, se cimienta en la nueva Cataluña sobre la más deplorable corrupción moral: contra la que ustedes evitan toda crítica; y se quedan en la calderilla de la corrupción económica. ¿De Cataluña? No, del “conjunto del Estado”: que para eso pertenecen a la Conferencia Episcopal Española. La calurosa felicitación de Carles Puigdemont no se hizo esperar.
Podría haber desahogado mi tristeza y perplejidad en cualquier tertulia de sobremesa en una recóndita casa parroquial. Prefiero hacerlo así, públicamente, como ustedes lo han hecho y con la lealtad de aquel que no puede ni debe esconderse, pues no ha dicho nada ni contra la doctrina ni contra la moral cristiana. Sólo he roto el bozal del pensamiento único y he entrado en la arena del ruedo por la puerta que ustedes mismos me han abierto.
Si defienden la legitimidad moral de todas las opciones políticas que se basen en la dignidad inalienable de los pueblos y de las personas, espero que respeten también la mía y de tantos otros, pues ustedes ya se han posicionado con la suya; y que no reduzcan al silencio a los discrepantes, con el argumento de autoridad de la obediencia debida.
Ya sé que la discrepancia contra el pensamiento único se castiga severamente. Ya han visto cómo han reaccionado contra el autobús discrepante. Estoy dispuesto a pagar el precio con que se castiga ésta. La defensa de la verdad tiene un precio, ya muy alto en esta sociedad que galopa hacia el totalitarismo. En la refriega en que estamos, es difícil evitar el fuego enemigo, tan fanático. Por eso daré gracias a Dios si consigo esquivar el fuego amigo. Y me aplico el cuento del cartel de esos reivindicadores del derecho a decidir (sólo lo que el poder decida que podemos decidir): Procura que tu prudencia no se convierta en traición. En mi caso, traición al Evangelio, a la Iglesia y al Pueblo de Dios.

Custodio Ballester Bielsa, pbro.
Cura párroco de la Inmaculada Concepción de Hospitalet de Llobregat (Barcelona)

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